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The pain in Spain (again) III

MUNESH MELWANI, SOCIO-DIRECTOR GENERAL

06/09/2026

La primera vez, el dolor vino de la deuda. La segunda, de la inflación. Esta vez es distinto: el problema es geopolítico.

Lo ocurrido en Ceuta no puede despacharse como una crisis migratoria más. El informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras de la Policía Nacional apunta a una operación planificada y coordinada, con “guiado activo” de personas hacia los puntos de entrada por parte de agentes marroquíes. Decenas de miles accedieron a territorio español en unas horas. Si se utiliza población civil para desbordar deliberadamente una frontera y poner bajo presión la soberanía de otro Estado, creo que se puede adoptar claramente el concepto de guerra híbrida.

Tampoco resulta convincente afirmar que España fue sorprendida por completo. Hubo alertas del CENIF los días previos, comunicaciones de inteligencia y advertencias desde el Gobierno de Ceuta. Otra cuestión es que nadie anticipara la dimensión de lo que finalmente ocurrió, pero señales había. Y en seguridad nacional, esperar a disponer de certeza absoluta suele equivaler a llegar tarde.

La historia obliga, además, a poner los hechos en perspectiva. En 1975, Hassan II organizó la Marcha Verde y movilizó a cientos de miles de civiles hacia el entonces Sáhara español para forzar una solución territorial favorable a Marruecos. En mayo de 2021, cerca de 9.000 personas entraron en Ceuta después de que las fuerzas marroquíes relajaran los controles fronterizos; el Parlamento Europeo concluyó que un movimiento de aquella magnitud difícilmente podía considerarse espontáneo. Cinco años después, volvemos a encontrarnos ante una entrada masiva mucho mayor y un informe policial que describe planificación, coordinación y “guiado activo”. Son episodios distintos, pero cuesta ignorar el patrón. Marruecos mantiene, además, una tradición de irredentismo territorial en torno al denominado Gran Marruecos y nunca ha renunciado a sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla.

Marruecos es un socio estratégico para España. Precisamente por eso hay que tomárselo en serio. Nuestro país tiene instrumentos diplomáticos y militares que podría utilizar. Puede solicitar consultas en la OTAN al amparo del artículo 4 cuando considere amenazada su integridad territorial. El encaje automático de Ceuta bajo el artículo 5 es más discutido. Ante una agresión armada, que no es el caso, el artículo 42.7 de la Unión Europea obliga a los Estados miembros a prestar ayuda y asistencia. Pero probablemente la primera línea de disuasión no debería ser militar. Debería ser económica.

España es el principal socio comercial de Marruecos. El intercambio bilateral supera los 22.500 millones de euros anuales, existen más de 350 empresas españolas instaladas allí y nuestro país ha financiado con más de 750 millones la adquisición de trenes para modernizar su red ferroviaria de cara al Mundial de 2030. La Unión Europea es, además, el mayor socio comercial e inversor de Marruecos.

Esto se debería traducir en capacidad de influencia: la respuesta no debería consistir en cerrar mañana la frontera comercial. Sería contraproducente para nuestras empresas. Pero sí en introducir condicionalidad. Nuevos créditos FIEM, garantías públicas, financiación oficial e infraestructuras estratégicas deberían depender del respeto efectivo de nuestras fronteras.

También existe la palanca agrícola. Según FEPEX, España importó 66.624 toneladas de tomate marroquí en 2024, un 269% más que diez años antes. España no puede cerrar unilateralmente esas importaciones porque la política comercial es competencia europea, pero sí puede liderar en Bruselas una revisión de contingentes, preferencias arancelarias, controles de origen o requisitos fitosanitarios si la cooperación deja de ser recíproca. Y extender ese principio a otros sectores sensibles.

Argelia entendió hace tiempo que la interdependencia también sirve para disuadir. Tras romper relaciones con Marruecos en 2021, no renovó el acuerdo del gasoducto Magreb-Europa y Rabat perdió el gas argelino que recibía a través de esa infraestructura. No propongo copiar esa política ni romper relaciones con nuestro vecino, sino comprender la lógica: las relaciones estratégicas funcionan cuando ambas partes conocen también el coste de deteriorarlas.

Marruecos debe saber que España desea cooperación, inversión y prosperidad compartida. Pero también que utilizar la inmigración, la frontera o cualquier otra vulnerabilidad como herramienta de presión tendrá consecuencias económicas medibles, escalonadas y reversibles.

En los mercados financieros, una amenaza que nunca tiene coste explícito termina incorporándose al precio de los activos. En geopolítica ocurre exactamente lo mismo.

La disuasión solo funciona cuando el otro sabe que estamos dispuestos a ejercerla.