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¿Hay que frenar la IA?

MUNESH MELWANI, SOCIO-DIRECTOR GENERAL

27/09/2026

La inteligencia artificial avanza a tal velocidad que empieza a producir una paradoja: algunos de quienes más han contribuido a desarrollarla son también quienes comienzan a pedir límites. Hasta hace poco, las advertencias sobre sus riesgos procedían principalmente de académicos, reguladores o expertos en seguridad. Ahora empiezan a escucharse también dentro de las compañías que lideran esta carrera tecnológica.

En julio, 1.386 empleados de compañías como OpenAI, Anthropic, Google DeepMind o Meta firmaron “Pacing the Frontier”, solicitando mecanismos internacionales que permitan ralentizar el desarrollo, si la automatización de la propia investigación en IA avanza más deprisa que nuestra capacidad para comprenderla y controlarla. En septiembre, Dario Amodei, CEO de Anthropic, fue más lejos. Sam Altman, Demis Hassabis y Elon Musk se han mostrado favorables, con distintos matices, a introducir mecanismos de contención.

Los motivos merecen ser tomados en serio. El primero tiene que ver con la autonomía. Los modelos son cada vez más capaces de ejecutar tareas complejas, utilizar herramientas, escribir código o encadenar decisiones con una intervención humana decreciente. El segundo afecta al uso malicioso de esta tecnología, especialmente en ámbitos como la ciberseguridad, la biotecnología o la desinformación. Pero quizás, el riesgo más difícil de dimensionar aparezca cuando la propia IA contribuya de forma significativa a mejorar nuevos sistemas de IA. Si consigue acelerar la investigación, los ciclos de desarrollo podrían acortarse considerablemente y hacer más difícil anticipar sus capacidades.

El International AI Safety Report 2026 apunta además a otra dificultad: evaluar estos modelos se está haciendo progresivamente más complejo. Determinadas pruebas pierden eficacia a medida que los sistemas aprenden a reconocer contextos de evaluación o encuentran soluciones que sus diseñadores no habían previsto.

Nada de esto implica asumir escenarios apocalípticos. Pero tampoco parece razonable ignorarlos. El problema es que frenar el desarrollo de la IA resulta mucho más sencillo de plantear que de ejecutar: estamos ante una tecnología en la que se están invirtiendo cientos de miles de millones de dólares, con un enorme potencial de mejora de la productividad y, al mismo tiempo, situada en el centro de la competencia estratégica entre Estados Unidos y China. Ahí radica buena parte de la dificultad.

Aunque todos aceptaran que conviene avanzar con cierta prudencia, ninguno quiere hacerlo solo. Si una empresa ralentiza el desarrollo de sus modelos, otra puede ocupar su lugar. Y si Estados Unidos introduce restricciones severas, difícilmente puede asumir que China vaya a seguir el mismo camino. Es un clásico problema de incentivos. Por eso, a priori resulta poco probable que asistamos a una moratoria global sobre la inteligencia artificial. Los intereses económicos, empresariales y geopolíticos son demasiado importantes.

Lo que sí veremos será una mayor regulación de los modelos de frontera, auditorías independientes, pruebas de seguridad más exigentes, restricciones sobre determinados usos y una creciente supervisión sobre la capacidad de cómputo. Europa probablemente seguirá liderando el enfoque regulatorio. Estados Unidos intentará compatibilizar seguridad con liderazgo tecnológico. China avanzará bajo su propio marco y con una clara visión estratégica.

Existe además un riesgo adicional. Una regulación excesivamente compleja puede acabar favoreciendo a las grandes compañías, las únicas con recursos suficientes para asumir sus costes, convirtiendo la seguridad en una nueva barrera de entrada.

Como inversores, procuramos desconfiar tanto del entusiasmo sin precio como del miedo sin probabilidades. La inteligencia artificial será, sin duda alguna, una de las grandes fuerzas de transformación económica de nuestra generación: puede elevar la productividad, acelerar la investigación científica y alterar profundamente numerosos sectores. Precisamente por eso conviene evitar los extremos.

En inversión, cuando aumenta la incertidumbre, exigimos mayor margen de seguridad. Con la inteligencia artificial probablemente deberíamos aplicar un principio parecido.

No parece realista frenar su desarrollo. Ahora bien, sí parece razonable intentar que nuestra capacidad para comprenderla, supervisarla y regularla, avance al menos a una velocidad similar.