
Cumbre borrascosa
29/03/2026
Esta semana, Trump aterrizó en Pekín con 17 CEOs de compañías norteamericanas a bordo del Air Force One. La imagen lo dice casi todo: Elon Musk, Tim Cook, Larry Fink y Jensen Huang, este último incorporado en el ultimo momento tras la llamada personal de Trump. Su incorporación horas antes del aterrizaje, fue la señal más clara del peso que han ganado los chips de inteligencia artificial en la agenda política del reencuentro. Ante estas imágenes el mercado ha reaccionado como se esperaría ante esta situación, con subidas y nuevos máximos en el S&P 500.
Lo que quizá muchos titulares no dejan ver, es que la cumbre de Pekín ha producido exactamente lo que producen todas las cumbres entre ambas potencias: la sensación de acuerdo sin el contenido que lo sustenta. Trump mencionó que Xi Jinping había acordado comprar 200 Boeing, y la Casa Blanca habló sobre la intención de trabajar hacia un futuro “Board of Trade” entre los dos países. Pero no hay compromisos de plazos, ni nada que verifique que dentro de 90 días esto pueda suponer un acuerdo. El titular en definitiva es que hubo una cumbre.
Para entender por qué ocurre esto de forma sistemática hay que observar con detalle cómo negocia China, no qué negocia. China no negocia con la incertidumbre, negocia desde la ventaja. Su comercio exterior crece entorno al 15% y sus exportaciones cerca del 12% interanual en lo que va de 2026 y en la mayoría de las categorías industriales no existe todavía ninguna cadena de suministro comparable. Esto significa que cada vez que Washington se sienta a negociar, lo hace desde una posición en la que necesita algo que China tiene, y que no puede sustituir de un día para otro. Por tanto, Pekín lo sabe, y diseña sus concesiones en consecuencia, lo suficientemente visibles como para que el otro lado pueda presentarlas como una victoria, pero nunca lo suficientemente profundas para que se produzca un cambio estructural.
El historial es difícil de ignorar, en el 2020 el acuerdo de la fase uno tenia el compromiso de comprar doscientos mil millones de dólares adicionales en bienes y servicios estadounidenses entre 2020-2021. China no estuvo en ningún momento en camino de cumplir con ese compromiso. Al final de periodo, China compró un 57% de lo prometido. Lo llamativo no es que China incumpliera, sino que el acuerdo carecía de consecuencias previstas ante su incumplimiento. En la primera guerra comercial, Pekín hizo pocas concesiones significativas en Washington y, como está documentado, nunca cumplió los escasos compromisos que sí que adquirió. Ahora, en 2026, la Casa Blanca quiere crear un “Board of Trade” para supervisar la implementación de los acuerdos, reconociendo implícitamente que el problema no es alcanzar acuerdos, sino que alguien asegure que los éstos se cumplan. Es la misma solución que se intentó hace 6 años, pero reformulada.
Lo que hace que esta vez sea diferente, aunque no en el sentido de que los mercados lo celebren, es la naturaleza del instrumento que China ha desarrollado para presionar en el último año. El sistema de licencias de exportación de tierras raras y otros minerales críticos que China ha construido desde 2025 no es baladí: los requisitos de licencia no son negociables en sí mismos, pues constituyen el mecanismo que pueden utilizar para apretar o aflojar el acceso a materiales en función del contexto geopolítico y no en el daño que quieren infligir. Es una infraestructura de control que permanece activa, independientemente de si hay tregua o no. Durante el año pasado este sistema de licencias chino continuó perturbando a los fabricantes estadounidenses demostrando que la coerción del sistema conservaba su eficacia a pesar de cualquier vaivén diplomático.
Y en este contexto, la advertencia de Xi sobre Taiwán al comienzo de la cumbre no fue un detalle por protocolo, fue una advertencia de que Estados Unidos y China tendrán choques e incluso conflictos si la cuestión de Taiwán se gestiona mal, y subrayó, que es el asunto mas importante en las relaciones entre ambos países. Se podría decir que es el precio que existe detrás de cada concesión comercial. China está dispuesta a dejar que Boeing venda aviones, a relajar controles sobre chips, siempre que el marco político no avance hacia un reconocimiento tácito de Taiwán como interlocutor soberano. El objetivo para Xi está claro, y es más medido que para Trump: preservar la estabilidad, evitar la confrontación directa y continuar posicionando a China para una competencia prolongada. Uno piensa en décadas, mientras el otro en un horizonte marcado por el ciclo electoral.


