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¿Nos vamos a Marte?

MUNESH MELWANI, SOCIO-DIRECTOR GENERAL

14/06/2026

Hay compañías que salen a bolsa. Y luego está SpaceX. La diferencia no es menor. Una cosa es invertir en una empresa y otra, muy distinta, es comprar una historia tan poderosa que casi nadie quiere quedarse fuera de ella.

Elon Musk ha conseguido algo extraordinario: convertir la exploración espacial, durante décadas reservada a Estados y agencias públicas, en una empresa privada capaz de lanzar cohetes reutilizables, desplegar satélites a escala global y construir una narrativa empresarial que parece no tener techo. No conviene restarle mérito:  sería intelectualmente injusto.

Estoy de acuerdo en que SpaceX es una compañía excepcional, pero la pregunta es otra: ¿a qué precio? En inversión no basta con admirar un negocio. Hay que valorar cuánto de ese futuro ya está incorporado en la cotización. Y ahí empieza la cuestión importante.

La salida a bolsa de SpaceX se ha producido a una valoración cercana a 1,77 billones de dólares. Para ponerlo en contexto, es una cifra similar al PIB anual de España. No hablamos de una empresa prometedora valorada con cierta generosidad. Hablamos de una compañía que, desde el primer día, se coloca en la misma conversación que los mayores gigantes empresariales del mundo.

El mercado no está comprando solo Starlink. Está comprando asimismo lanzamientos espaciales, inteligencia artificial, defensa, datos, Marte, Musk y una ejecución casi perfecta durante la próxima década. Todo en el mismo precio y justamente ese es el riesgo. Starlink es, hoy, la pieza más tangible del relato: tiene usuarios, ingresos, escala y una posición difícil de replicar. Probablemente sea uno de los activos estratégicos más interesantes del mundo: una red de conectividad global, con utilidad comercial, militar y geopolítica. Eso vale mucho.

Pero una cosa es que valga mucho y otra que valga cualquier precio. El mercado parece estar haciendo algo habitual en los grandes momentos de euforia: confundir dirección con valoración. Puede que SpaceX siga creciendo y que sea dominante. Puede que la compañía abra nuevas líneas de negocio hoy difíciles de imaginar. Pero incluso las mejores empresas pueden ser malas inversiones si se compran demasiado caras. Y la historia de los mercados está llena de grandes compañías que, durante años, no dieron rentabilidad a sus accionistas simplemente porque el precio inicial ya descontaba demasiada perfección.

El profesor Aswath Damodaran (Escuela de negocios Stern, de la Universidad de Nueva York), una de las voces más respetadas en valoración empresarial, ha puesto números a esa intuición. Su análisis no destruye la tesis de SpaceX. Al contrario: reconoce su calidad, su opcionalidad y su singularidad. Pero aun con supuestos razonablemente optimistas, su valoración queda sensiblemente por debajo del precio de salida. Estamos por tanto ante una empresa magnífica con un precio muy exigente. Y esa distinción es esencial.

El inversor disciplinado no tiene por qué negar la innovación, ni burlarse del entusiasmo, ni quedarse atrapado en viejos marcos mentales. Pero tampoco debe abdicar de su trabajo principal: separar el valor de la narrativa. El FOMO (Fear of missing out) es siempre más peligroso cuando se presenta vestido de futuro inevitable.

Nadie quiere perderse la próxima gran compañía de la historia. Nadie quiere mirar atrás dentro de diez años y decir: “estaba delante de mí y no la compré”. Pero esa emoción, tan humana, suele ser la materia prima de las valoraciones extremas. Y es que invertir no consiste en comprar lo que todos desean; consiste en comprar bien.

SpaceX puede cambiar industrias enteras. Puede seguir sorprendiendo al mundo. Puede incluso justificar en el futuro una valoración muy superior a la actual. Pero el inversor no cobra por imaginar escenarios brillantes. Cobra por pagar menos de lo que razonablemente vale un activo, con margen suficiente para equivocarse. Y en SpaceX, a estos precios, ese margen a priori parece escaso.

Quizá el cohete siga subiendo y la acción también. Pero una cosa es mirar al cielo con admiración, y otra muy distinta es pagar Marte por adelantado.