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La gran rotación

MUNESH MELWANI, SOCIO-DIRECTOR GENERAL

15/02/2026

La gran rotación se está produciendo ante nuestros ojos, aunque no todos los inversores son aún plenamente conscientes de su alcance. Tras más de una década marcada por el liderazgo incuestionable de la tecnología estadounidense de gran capitalización, los mercados comienzan a mostrar señales claras de un cambio de régimen. No se trata de un ajuste táctico ni de una simple toma de beneficios: estamos ante una redistribución del capital a escala global que responde a transformaciones estructurales en el coste del dinero, la geopolítica, la energía y la propia naturaleza del crecimiento económico.

Durante los años de tipos de interés cercanos a cero, el mercado premió modelos de negocio ligeros en activos, escalables y con capacidad de crecimiento exponencial. El capital se concentró en plataformas digitales capaces de expandirse sin necesidad de grandes inversiones físicas, mientras la abundancia energética y la globalización reducían costes y amortiguaban tensiones inflacionistas. Ese entorno permitió que un reducido grupo de compañías explicara una parte desproporcionada de la rentabilidad bursátil mundial.

Hoy, ese equilibrio se resquebraja. El mercado empieza a cuestionar la rentabilidad de inversiones masivas, especialmente en inteligencia artificial, cuando su monetización es incierta y su financiación exige mayor endeudamiento o dilución accionarial. Incluso empresas históricamente ‘asset light’ están incrementando su intensidad de capital, lo que altera sus perfiles de riesgo y valoración. Este cambio de percepción está ampliando el liderazgo del mercado hacia segmentos que llevaban años rezagados, como las compañías de pequeña y mediana capitalización o sectores industriales vinculados a la economía real.

Sin embargo, el verdadero núcleo de esta rotación no está en los mercados financieros, sino en la economía real. Durante dos décadas se instaló la idea de que el mundo digital podía crecer de forma casi autónoma, desligado de las restricciones físicas. La realidad está demostrando lo contrario. La economía digital no sustituye al mundo físico; lo intensifica. Cada consulta a un modelo de IA, cada transacción en la nube o cada vehículo eléctrico añade presión sobre infraestructuras energéticas y materiales cuya oferta lleva años infrafinanciada. Tras dos décadas de desinversión relativa en energía, minería, infraestructuras y capacidad industrial, la escasez emerge como el factor determinante del nuevo ciclo.

El capital comienza a regresar hacia estos activos no por convicción ideológica, sino por necesidad funcional. Este cambio obliga a replantear supuestos profundamente arraigados. Durante años, la narrativa dominante sostuvo que el progreso tecnológico reduciría la intensidad material de la economía. Hoy observamos lo contrario: la transición energética requiere más metales que el sistema que pretende sustituir; los centros de datos consumen cantidades crecientes de electricidad; la soberanía tecnológica exige relocalizar cadenas de producción.

El mundo digital no elimina la geografía ni la materia prima; las revaloriza. Regiones ricas en recursos naturales, capacidad industrial o ventajas energéticas recuperan relevancia estratégica. No se trata de un desplazamiento abrupto del liderazgo, sino de una reponderación coherente con las nuevas prioridades económicas.

La gran rotación no implica abandonar la tecnología ni cuestionar su papel transformador. Significa reconocer que su desarrollo depende, más que nunca, de fundamentos físicos: energía, materiales, infraestructuras y estabilidad geopolítica. Las carteras diseñadas para un mundo de liquidez abundante y recursos aparentemente ilimitados difícilmente serán óptimas en un entorno donde el capital es selectivo y la escasez vuelve a tener precio.

Como en todo cambio de ciclo, el proceso será gradual, con episodios de volatilidad y narrativas contradictorias. Pero hay una idea central que emerge con claridad: el futuro seguirá siendo digital, sí, pero estará condicionado por la capacidad del mundo físico para sostenerlo.