
La ventana intermedia
29/03/2026
Esta semana, Trump publicaba en su red social Truth Social que las negociaciones con Irán iban muy bien. Horas más tarde, el Ministerio de Exteriores de Teherán aclaraba que no tenían intención alguna de sentarse con la Casa Blanca. Esta secuencia ya se ha repetido varias veces en los últimos 27 días, y el mercado ha respondido de la misma forma, bajadas en el Brent para luego volver a subir cuando la noticia es desmentida por Irán. Es el patrón de un mercado que sigue buscando en los comunicados de prensa una respuesta que solo puede venir de la geografía.
Lo que los titulares diarios no permiten ver con claridad es que el problema de fondo no está en el precio del petróleo esta semana. El problema es el efecto de ese precio durante las próximas semanas en la cadena de suministro, y el tiempo que tarda en llegar a los datos que la Fed utiliza para tomar decisiones. Los precios del combustible se recalculan en días, sin embargo, los costes logísticos tardan semanas. Y desde ahí hasta el precio final al consumidor en alimentación, materiales, o manufacturas, pasan entre cuatro y ocho semanas más. Por tanto, ahora estamos en esa ventana intermedia en la que los datos publicados todavía no lo reflejan, pero los mercados de bonos llevan días incorporando una inflación que el IPC todavía no ha validado.
Las instalaciones de GNL de Ras Laffan, en Qatar, no son oleoductos que se reparan en semanas. Son plantas del tamaño de miniciudades, con sistemas que operan a presiones inmensas, componentes fabricados “a medida” cuyos plazos de entrega se miden en años, y procedimientos de puesta en marcha que requieren aún más tiempo. Cuando un misil entra en una de esas instalaciones, el daño no solo es el que aparece en las imágenes. Es el daño que se descubre tres meses después cuando el inspector tiene que firmar un informe y alguien decide que una válvula tiene que venir de Corea del Sur. Qatar representa el 20% del comercio mundial de GNL. Esa oferta no vuelve de un día para otro. Tampoco es inmediato todo aquello que proviene derivado del gas, especialmente el gas de Qatar, rico en sulfuro, que se separa en el proceso de licuefacción para abastecer a las cadenas de producción de fertilizantes, cemento y ácido sulfúrico que los mineros de cobre necesitan para operar.
La Fed lo sabe, aunque no lo diga con esta claridad. En su reunión de la semana pasada revisó al alza sus previsiones de inflación y Powell reconoció que el progreso había sido menor del esperado, con unas expectativas de recortes de tipos que se han desvanecido por completo. Lo que complica aún más el escenario es que el mandato de Powell vence en mayo y su sucesor designado, Kevin Warsh, lleva semanas bloqueado en el Senado por una disputa política que poco tiene que ver con la política monetaria. La Fed puede llegar a un momento de gran presión inflacionaria sin tener un sucesor claro. Es un riesgo institucional que apenas aparece en los análisis de esta semana.
Lo que no ha desaparecido es la narrativa de que un acuerdo diplomático puede deshacer todo el daño acumulado. Esa narrativa puede tener fecha de caducidad. Llegados a cierto punto, los contratos ya han rodado, los costes ya están en el sistema, y los datos del IPC de abril y de mayo reflejarán ese daño con independencia de lo que ocurra en la mesa de negociaciones.
En cuanto a los mercados, conviene recordar que muchas compañías tecnológicas llevan años cotizando a múltiplos que solo se justifican en un entorno de tipos bajos y energía barata. El problema no es solo que los tipos no vayan a bajar, sino que la energía cara comprime los márgenes operativos mientras el mercado sigue modelando una expansión.
El mercado de renta variable sigue creyendo la narrativa de un conflicto corto. El mercado de renta fija está cotizando otra cosa. La distancia entre ambas lecturas es una pregunta sin respuesta todavía.